Cruzando en ferry… una historia hongkonesa

En Hong Kong, es muy común utilizar el ferry como medio de transporte. Hay barcos cuyo recorrido es de 40 minutos o una hora y van hacia las islas más alejadas (Isla Lamma o Isla Lantau son las más conocidas) y hay otro que cruza desde el continente (gran parte de Hong Kong está en el continente) hasta la isla principal. Este último tarda sólo cinco o diez minutos y tiene salidas casi todo el tiempo.

Un día estábamos en el muelle, esperando la salida del próximo ferry, cuando un hombre -de unos setenta años- se acercó -muy amablemente- para hablar con nosotros. Empezó saludando, qué tal el clima, qué tal Hong Kong, trivialidades. Nos contó que era de Nueva York y que estaba trabajando en China, en una universidad como profesor de inglés.

Continuando con la conversación, comenzó a mencionar que había escrito un libro. Claro que no era un libro cualquiera, ya que era un trabajo que hablaba de los orígenes de las religiones humanidad, su relación con el inconsciente -más específicamente con los arquetipos- y cómo se fueron constituyendo éstas en sistemas simbólicos. Bueno, en realidad creo que eso fue lo que nos quiso decir porque no podía hilar las ideas tan bien como lo hice yo acá. Primero mencionó algo de las religiones como símbolos, por lo cual yo le pregunté si era antropólogo. Medio ofendido, me dijo que en realidad era arqueólogo, historiador, lingüista, psicoanalista , sociólogo y abogado, y que su trabajo englobaba toda la ciencia social.

Le pedí disculpas, por supuesto, por haber reducido tamaña labor a una sola disciplina y, sin ganas de meterme en los debates de salón que refieren a la diferencia entre ciencias humanas y sociales, continué con la charla. Bueno, en realidad el hombre estaba hablando más con Adrián que conmigo -con tanta ciencia social encima parece que no consideraba a una mujer como un interlocutor válido-, por lo que me ignoraba bastante. Pero como gente tan sabia no se encuentra todos los días y como también era un poco descortés darle vuelta la cara seguimos hablando. Bueno, siguió hablando él.

El hombre comenzó a adentrarse sobre su libro, porque básicamente era un libro que reunía a Freud con el marxismo y que daba una vuelta de tuerca que nadie en la ciencia social había abordado antes (aclaro nuevamente: yo tengo más facilidad de escritura que él de palabra). Pero dicha vuelta de tuerca o el hecho de que relacionara las religiones con los arquetipos y descubriera que en el fondo de ellas existe algo relacionado con los estudios del psicoanálisis que las vuelven realidades vacuas, había hecho que El Vaticano enviara a un cardenal a su casa de Nueva York para rogarle que no publicara su libro y para ofrecerle también la no despreciable suma de 31.000.000 de dólares.

Por supuesto, la honestidad de nuestro amigo resistió tamaña propuesta y siguió adelante con la idea de publicar su libro. Claro que las editoriales, presionadas por El Vaticano, se negaron rotundamente a publicar semejante engendro, hecho por el cual tuvo que optar por una edición independiente. Así que nos pasó el chivo, su nombre y la dirección de internet donde comprarlo. Nos aseguró también (no tanto a mí, pero bueno) que sólo unos pocos valientes osan leer semejante revelación digna de un código Da Vinci de la vida real.

A todo esto, ya nos encontrábamos llegando a la isla, sentados en el barco. Frente a nosotros, había un muchacho, de unos veinte años. Como quien no quiere la cosa, el hombre le empezó a dar charla. El chico nos sonrió y nos dijo que era de Estados Unidos. El hombre le empezó a hablar y preguntarle sus impresiones sobre Hong Kong. Cuando la gente bajó del barco, el hombre continuaba hablando con el chico. Imagino la misma cantinela, la relación entre Marx y Freud, las filosofías de las persecuciones…..

En el ferry de Hong Kong
En el ferry de Hong Kong
P.S. Anoté el nombre del tipo y lo busqu[e en internet. Encontré un blogger donde presentaba su libro. Contaba que leía a uno o dos novelistas estadounidenses (de esos onda best-sellers) y que su libro preferido era el que él mismo había escrito, el mejor libro de ciencias sociales de todos los tiempos.

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