Rincones huesenses

Poco tiempo pasamos en Hue, y sin embargo fue suficiente para sentir su “personalidad” o aquello que la distingue del resto de sus hermanas vietnamitas. Si bien a primera vista parece una ciudad más de ese país, cuando comenzamos a recorrerla, descubrimos que no podría ser una más del montón, ya que maneja y resuelve una paradoja:  es más moderna, limpia y ordenada que Hanoi,  pero también contiene y conserva un gran legado arquitectónico dispersado en forma de ruinas y edificios viejos. Además (y esto es una percepción puramente subjetiva) es más occidental que el norte, no sé si por el turismo, o por la forma -y cantidad- de edificios modernos que posee.Como pasamos allí poco tiempo, solamente un día, consideramos que lo mejor era alquilar una moto. Es económico, práctico y otorga cierta independencia que te permite mimetizarte en un ambiente donde estos vehículos motos son amos y señores del tráfico. La desventaja es que hay que tener buenos reflejos para conducir y ser parte del malón: si no es así, mejor ir a pie o tomar un tuk-tuk.
Las motos vienen con el tanque vacío (hay que tener en cuenta que todas las gasolineras quedan a contramano) y con cascos del estilo de los años cincuenta, como los que están en la foto (son obligatorios en Vietnam. Sé que a primera vista esta aclaración parece estar de más, pero en China nadie los usa y no pasa nada).

 

Apenas llegamos, nuestra intención fue alquilar una moto y llegar lo más pronto posible al palacio imperial. Pero la dirección del tráfico y el azar nos condujeron hacia otros lugares de la ciudad. Cruzamos un puente, terminamos del otro lado de algo y volver era difícil porque cada vez que encontrábamos un “puente  de  vuelta” estaba en contra-mano. Así fue que, buscando  una salida, nos alejamos cada vez más del centro, lo que nos dio pie para entrar en los caminos de tierra que llevaban hacia los “confines más remotos” (no se me ocurre otra frase) de la ciudad.De esta forma, encontramos las primeras ruinas de origen desconocido, algo que parecía un templo de la Afrodita vietnamita. Ingresar fue posible, aunque  no demasiado lejos, ya que desde el fondo salieron unos ladridos infames y por eso fue mejor retroceder corriendo.

Las siguientes ruinas eran de un colegio francés. No tengo más datos, pero entrar fue imposible porque estaba todo cercado. Por eso, después de sacar las fotos, seguimos por caminos cada vez más pequeños hasta encontrar un callejón sin salida. Un hombre que salía de una casa en un auto de alta gama, viendo nuestra situación  de Perdidos en Tokio, nos indicó, mediante señas, la salida y la vuelta que había que dar para regresar al centro. Fue complicado, pero pudimos llegar a la avenida principal y, luego de dar varias vueltas, pudimos encontrar la purpúrea ciudad imperial.

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