Reseña china de un viaje en colectivo

Shenzhen – Yangshuo: el pre-embarque

Apenas salimos de Hong Kong, fuimos a la estación de trenes de Shenzhen, decididos a  comprar pasajes para Hainan (una isla tropical en el sur de China).  Sin embargo, cuando nos informaron que había cancelaciones en los transportes debido al  inminente tifón, cambiamos de planes y decidimos tomar un autobús para dirigirnos a Yangshuo (una ciudad turística localizada al noroeste de Shenzhen).

Como muchas ciudades de China, la estación de autobuses de Shenzhen se encuentra al lado de la estación de tren, por lo que llegar fue muy fácil. Lo difícil fue encontrar la boletería indicada, ya que todos los nombres de las ciudades están escritos en caracteres. Por suerte, un señor que tenía el mismo destino que nosotros, al vernos desorientados y preguntando, nos guió al lugar correcto, en el momento preciso.

Aviso (warning)

Cosas raras suceden cuando una persona se dispone a viajar en un colectivo de larga distancia en China. Situaciones extrañas que, a kilómetros del hogar y sin entender nada, suelen tener su propio condimento, que a veces suele ser “la” o “hen la” (picante o muy picante).

 

El trayecto Shenzhen Yangshuo

Poco después de haber terminado los trámites “pre-embarque” (compra de pasajes, recarga de víveres y paso por los escáneres de seguridad), nos encontrábamos en la plataforma del autobús, conversando con un chico de Israel que recién habíamos conocido, cuando un hombre se acercó y nos pidió los pasajes. Los miró rápidamente y, sin decir nada, se los llevó.

Minutos después, llegó otro hombre (el ayudante del conductor) y, viéndonos a la espera, nos solicitó nuevamente los pasajes. Le dije, en un chino claro y argentino, que se los había dado “al hombre de allá”. Nos respondió que no había problema y entonces subimos. Pero, apenas mi pie tocó el primer peldaño del micro, un grito certero, salido desde lo más profundo del vehículo, disuadió mis planes. Di un paso atrás. Segundos más tarde, el ayudante nos invitó una vez más a subir.

Sin embargo, apenas traspasé la puerta, el chofer  me volvió a gritar. Le dije que no tenía el pasaje porque se lo había dado a otra persona. Fue en vano, el hombre seguía furioso y no me quería dejar entrar.  En ese momento, otro pasajero señaló mis pies. Ahí comprendí lo que estaba sucediendo: en China, al igual que en las casas, es obligación descalzarse antes de subir a un coche cama. Apenas me saqué las sandalias, el colérico conductor me entregó unas bolsitas para colocarlas y, al fin, me permitió subir.

Tratamos de acomodarnos en el centro del autobús. Pero cuando pusimos los bolsos en una de las camas, el iracundo chofer apareció nuevamente y, esta vez, prorrumió en rugidos. Lo miramos impasibles, sin hacer ningún gesto, mientras imaginábamos que podría querer comunicar. El loco gritaba, al tiempo que nos pedía -moviendo los brazos de un lado al otro-, que nos corriéramos hacia las camas traseras. Sumisamente, junto con un belga que recién habíamos conocido, nos trasladamos al fondo del micro.

En uno de los asientos delanteros, había quedado el chico de Israel. El conductor se dirigió a él, en su clásico tono amable, y el israelita le contestó con un tono aun más amable. Es así como empezó una reyerta de gritos. El conductor le decía en todos los dialectos sinotibetanos que se corriera atrás para dejar lugar a las personas que subieran en el camino, y el israelita le contestaba en inglés, en arameo y en todas las lenguas semíticas que de su lugar no se movía, porque si viajaba en la parte de atrás podría descomponerse. Finalmente, el israelita ganó la contienda, ya que el colectivo tuvo que partir.

Durante el viaje, conversamos bastante con el chico de Bélgica. Nos contó que vivía en China hacía cinco años y que había decidido cambiar su carrera  (algo relacionado con la informática), luego de haber recorrido el país por un año practicando artes marciales. Fue así que llegó la noche y me quedé completamente dormida.

A eso de las cinco de la mañana, los gritos del chofer volvieron a despertarme:  habíamos llegado a Yangshuo. Bajamos junto con nuestro nuevo amigo belga, quien nos acompañó hasta el centro del pueblo y nos dio recomendaciones de hoteles. En un punto del camino,  me di cuenta de que el israelita (que tenía el mismo destino que nosotros) no había bajado del micro. Olvido -o sutil venganza del chofer- estaría condenado  terminar su viaje en algún rincón desconocido de China. Me niego a imaginar el final de la historia.

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