Phi Phi: la cotidianeidad de un paraíso

Phi Phi es una de las islas más visitadas de Tailandia. Es pequeña (se puede recorrer en pocas horas), y por algún designio mágico siempre parece terminar en el mismo punto donde comienza. La única forma de llegar es por transporte acuático. Si los pasajeros viajan en ferry, deberán bajarse en la angostura de arena que conecta las dos partes principales de la isla. 

 

 

Luego de pisar tierra firme, es difícil darse cuenta se está caminando por un lugar que desde arriba se ve tan frágil, primero porque la  vegetación no permite divisar el otro lado y segundo porque hay muchas personas que ofrecen alojamiento allí mismo y distraen la vista del paisaje.  La clave está en seguir a la multitud, tratar de escabullirse y  alejarse un poco,  para así poder conseguir precios más bajos.

Una vez en la “calle” principal,  se puede apreciar esa particularidad especial que tienen los “centros de isla turística” (gente por todas partes, personas que ofrecen masajes y servicios varios). Se ven pocos locales y más visitantes, aunque por su diversidad resulta interesante observarlos interactuar en esas callecitas de arena, bicicletas y alguna moto. Hay gringos de mochilas caras y sandalia ajadas, turistas chinos que viajan en familia y no abandonan la costumbre de tomar su té, y tailandeses de religión musulmana que salen a recorrer la isla.

Detrás de la isla
Hay cosas que sólo parecen suceder en las islas, por su desconexión con el resto del mundo. Por eso, cada isla tiene un ritmo propio, que sus habitantes parecen escuchar, sentir y reproducir cada día.

Durante la tarde y la nochecita, aparecen en la calle la mayoría de los viajeros. Es la hora de que las parrillas abran y coloquen pescado fresco en las gondolitas de madera que tienen bajo sus quinchos. Pero esta no es la única propuesta, ya que los dueños no ignoran que la demanda de sus productos está sujeta a una oferta turística internacional, por lo que también abren las cortinas de sus peceras: saben que los turistas chinos, obsesionados por comer productos frescos, elegirán los peces vivos (no sólo las langostas) y discutiran a viva voz con los mozos (aunque no se puedan entender mutuamente) sobre la calidad de la pesca del día.

Un poco más tarde, comienza la movida nocturna. Hay fiestas en la playa, competencias diversas para ganar tragos de alcohol y gente que practica distintos tipos de malabares con fuego. Además, siempre existe algún valiente que se anima a bañarse (sólo espero que haya sido valiente y no borracho).

A la mañana, la isla está silenciosa y la mayoría todavía duerme. Es el mejor momento para caminar o para ir a la playa. En medio de la quietud, algunos salen a limpiar (barrer la vereda sería una paradoja), mientras que otros se preparan para seguir con su rutina cotidiana.

También está el tema de la basura, no sé como será el sistema (¿se la llevarán en barco, cada cierta cantidad de tiempo como en otros lugares?), pero lo cierto es que, se deposita tranquilamente en la vereda de atrás.

Encuentros
El sol se había ido y casi todos los restaurantes habían cerrado. Los días anteriores, habíamos subido las montañas (es lo mejor para poder apreciar las panorámicas) y nos habíamos perdido por los suburbios de la isla.

Terminábamos de comer y caminábamos hacia uno de los costados de la isla, tal vez uno de los lugares menos turísticos. Poco a poco, comenzamos a escuchar una música repetitiva que parecía ser de un gimnasio. Era como si un grupo de personas estuviera practicando algún deporte, un arte marcial por ejemplo. Atrás de todo, vimos luz y nos acercamos.

Todos eran hombres y estaban sentados, vestidos de blanco, balanceándose de un lado para el otro, tal vez realizando algún ritual. Nos vieron, y la música y el ritmo de los cuerpos frenaron de repente. Por un momento, hubo dos lados que se miraron mutuamente asombrados. Nos preocupó que se hubieran detenido, porque  sentimos que habíamos interrumpido algo que podría ser muy importante.  Decidimos irnos como habíamos llegado, casi sin hacer ruido. Continuamos, algo desconcertados, andando rápido hacia el centro más poblado de la isla. Allí, donde todos continuaban con sus rutinas profanas, nos esperaba un paisaje más previsible y menos misterioso.

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