Phi Phi: Botecito de rabo (tail boat)

Una de las cosas que más se ofrecen en Phi Phi es “excursión-excursión” y una de las excursiones más comunes y baratas es la que te lleva a la isla donde transcurre esa porquería de  película  llamada “La Isla”.

La excursión te lleva en un barquito de cola (uno que es un poco más grande de los que se muestran en las fotos) e incluye snorkel, “La isla” de Leo Di Caprio, Isla de los monos y una playita más pequeña. También ofrecen almuerzo, frutas y bebidas. El paseo suele comenzar a eso de las ocho de la mañana, con un poco de brizna y llovizna. El relato de lo ocurrido, un día cualquiera en una excursión cualquiera, sería  más o menos así:

“Día nublado, de pocas olas. Llega un grupo de excursionistas.  Siguen al guía. Suben todos al bote. Sin decir palabra, el timonel saca una bolsa hermética. Sonríe. Todos entienden. Todos, excepto yo. Entregan sus camaras. No chistan. Entrego mi cámara con duda y culpa. Antes, le doy un besito y le digo adiós por las dudas. Mi cámara es la más chiquita y la más rosada. Hay gente que entrega sin dudar sus cámaras reflex. Todas se mezclan en la bolsa, parece un sorteo.

Comienza el viaje. El barco se adentra en mares turquesas rojoavinagrados. Las olas son cada vez más grandes. Chocan contra la proa y salpican a los que van delante. El agua se mezcla con la lluvia que comienza a caer. Los que están sentados detrás se deben sentir horrible, pienso, con movimiento y sin ducha. Nos reímos. Es divertido. Dos ingleses, con acento de alta sociedad, discuten sobre sus conquistas en la isla. Su charla se interrumpe por los chapuzones. En su humor flemático bromean sobre la suerte del barco. Me sumo al humor flemático. Take it or leave it, pienso.

Primera parada. Una isla. Está rodeada por un lago. Saltamos del barco para bañarnos. Algunos llegan, otros se quedan en el agua. Nadamos. El agua es tibia. El ambiente, calmo. Se puede nadar. Me olvido de todo, el bote y el mundo quedan lejos. Hago la plancha y me dejo llevar por el silencio azul de ese rincón de mar. “Arriba, arriba” interrumpe el timonel y destruye la magia. Intentamos subir. Las olas siguen como si nada. Parecen locas. Los ingleses siguen flemáticos y aparece un brasileño. Es feliz y deja que las duchas de proa lo empapen.

Segunda parada. “La isla”. La mismísima isla donde Leo Di Caprio protagonizó una película etnocéntrica y mal guionada. “Acá anclo” dice el timonel a varios metros de la isla. “Bajen” nos indica en su idioma. Saltamos. Nadamos. Flotamos. Como podemos llegamos a la isla. La puerta es un laberinto de sogas. Sogas y sogas. Es dificil entender los nudos. Agarrarse como sea posible e intentar llegar a la caverna de entrada es la consigna. Mientras tanto, las olas nos golpean y deseamos salir de allí lo antes posible.

Subimos unas piedras y nos encontramos ante un hueco en las rocas. ¿La puerta de entrada?. Detrás, una escalera. Debajo, una alfombra negra de piedras. Se sienten feo en la planta del pie. Molestan. Son filosas. Cuesta caminar. Exhortan  a correr, a escaparse o a seguir adelante…

Llegamos al centro de la isla. Se puede caminar sin dolor. Hay casitas de madera. También hay vegetación. Su sombra es fresca, pero no se siente por las nubes.

 

Caminamos un poco. La arena es cada vez más suave. Y cada vez más blanca. De repente, llegamos. Allí está la playa. Aparece el ayudante de timón. Tiene las cámaras. Las sacamos de la bolsa como si fuera un sorteo. Estamos contentos de recuperarlas. Tomamos fotos de todo. 

 

 

LLegamos a la puerta delantera de la playa. La puerta de los barcos grandes. La playa está saturada de esos barcos como está saturada de gente. Todos sacan fotos, caminan, pasean. Los turistas nos piden que les saquemos fotos.  El timonel nos encuentra y el grupo lo sigue. Se cercioran que todos estén. No sé como lo hacen. Salimos de la isla. Cuando el pasaje está completo, el bote arranca. Las olas siguen. Los conductores nos convidan ananás y sandías. 
 

Tercera parada: snorkel. El barco ancla cerca de una isla. El agua allí está calmada. El timonel abre una caja. Hay muchos equipos de snorkel. Estan rotos. Sin pensar, cada uno elige una mascara. Mucha gente salta. Otros se quedan. “Cuidado con el pez amarillo de las púas”, dice el timonel. El brasileño no entiende. Intento traducirle. O peixe amarelo. ¿Cómo se dice púas y pinchan en portugués?. Me comunico por señas y me entiende. El timonel tira ananás. Me sumerjo en el mar color vinagre y adentro es otro mundo. Un universo paralelo lleno de colores y movientos. Cientos de pececitos se acercan para comer las frutas. Nada se escucha en ese universo donde somos visitantes. Uno de los ingleses les da de comer a los pececitos en la mano. Son mascotas. Están acostumbrados a los turistas. De repente, el timonel nos llama. Volvemos. 

Las olas están más altas ahora. La tormenta se hace más fuerte. “Monkey island?”, pregunta el timonel. “Noooo” responden vehementes los pasajeros. El mar está bravo. Los ingleses siguen con sus chistes. Los dos brasileños hablan entre sí, mientras disfrutan de las duchas de mar y cielo. Alguien, al lado mío reza. El barco se llena de un aire místico. Le digo que no pasa nada, mientras escucho una monótona melodía oriental. Hablamos. Es de Israel y terminó de hacer el servicio militar. El desierto es diferente, pienso. Allí se mueve el aire, no el suelo. Los miedos son diferentes en cada ser y en cada cultura.  El barco llega. Tierra firme. Comienza a llover y lloverá  toda la tarde. Todos corren a secarse. Tierra firme es otro mundo.”

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