Nochecita en Hong Kong

Apenas llegamos a la última parada del tranvía de Hong Kong, comenzó a llover. Torrencialmente. Porque en Hong Kong siempre llueve torrencialmente, aunque torrencialmente es poco en temporada de lluvia (junio-julio). Literalmente, se caía el cielo a chorros. Acostumbrada a las lluvias de verano que duran cinco o diez minutos en Buenos Aires, decidimos esperar un tiempo bajo el tinglado de madera de una obra de construcción. Esperamos y esperamos. La lluvia amainó. Salimos y el tiempo fue suficiente para resguardarse tras otro tinglado, ya que empezó a llover más fuerte. Y más fuerte. Inevitablemente comenzamos a empaparnos, ya que se hacía muy difícil resguardarse completamente de ese palanganazo de las nubes.

En ese momento, un muchacho salió de una inmobiliaria y nos ofreció un paraguas gigante. Primero lo rechacé amablemente, pero insistió y al final no nos quedó otra. Es que los paraguas son a Hong Kong lo que los termos de mate a los uruguayos. En los hostels, en los comercios, la gente tiene preparados paraguas de cortesía para extranjeros desprevenidos o locales olvidadizos. Finalmente, cuando la lluvia amainó un poco, fuimos a caminar por la costa. Estaba llena de restaurantes y pequeños lugares para comer.

peceras de restaurantes en Hong Kong 1
Una pecera que da a la calle

En uno de ellos, el típico restaurante de pescados y mariscos oriental, pude sacar las siguientes fotos del menú (bastante caro, por cierto), que esperaba -con resignada paciencia- ser reducido a sartenes de teflón.

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¡Soy serio!

 

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Voy bajando…

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