Ninh Binh: el puente y las fotos

Ninh Binh, un puente cualquiera, y un visitante que apunta su cámara hacia el río. El tedio del paisaje aguarda una vez más que un desconocido, sin mediar permisos, le robe una milésima de segundo para  transformarlo en pixeles, que cada tanto tomarán vida  en alguna pantalla remota.

El agua, al igual los barcos que la habitan, está estancada, como si nada hubiera acontecido en ese lugar durante mucho tiempo. Del otro lado de la lente, se intuye una rutina que sólo conoce el silencio y respira a un ritmo que no quiere ser intervenido por el ojo de un extraño. El paisaje quiere permanecer ahí y no ser resucitado en otras latitudes, en otros tiempos, o bien algo peor: ser reinterpretado y reescrito tantas veces como sea observado desde otros espacios.

Sin embargo, una línea diminuta, casi invisible dentro del cuadro interrumpe la observación atenta del todo y obliga a prestar atención a la parte, a recortarla, y así recrear un nuevo todo. Un todo, que aunque quiera permanecer anónimo será imaginado y reinterpretado, cada vez que alguien lea ésto: y es que sucede que en un punto de esa pequeña península pantanosa, hay una persona escondida.

Nunca sabremos qué estaba haciendo allí (pescando, cultivando, escapando de alguna escena de crimen), sólo podemos conjeturarlo. Tampoco sabemos si las plantas que lo rodean son cultivadas y destinadas a consumo o sólo crecen por azar (no es raro ver en Asia lugares inéditos destinados al cultivo, se dice que muchas verduras son cocinadas por las condiciones del agua de riego). Y el protagonista de esta foto, ajeno a todo y ensimismado en su mundo, tampoco sabrá que un día cualquiera él mismo fue el protagonista de una foto.

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