Microclimas hongkoneses

Hong Kong es una ciudad de microcosmos. Pequeños universos que funcionan como burbujas de tiempo dentro de una de las urbes más cosmopolitas del mundo.  En algún momento, escribí que Hong Kong eran dos ciudades que corrían en paralelo: la primera, una ciudad “desde arriba”, representada por las fotos de rascacielos que se publican en las revistas; la otra, una ciudad “desde abajo”, donde sobrevive una cultura que tercamente se resiste a amalgamarse a la modernidad.Vi, por primera vez, una de estas burbujas, en la isla donde funciona el centro financiero de la ciudad. Allí, a dos o tres cuadras de la embajada de Vietnam y, en una zona de bancos y tráfico, se encuentra una pequeña plaza. Sin embargo, no es una plaza en en sentido estricto del término, sino un triángulo de asfalto guarecido a la sombra de una salida-entrada de autopista.

Sobre ese pequeño triángulo gris y lleno de humo, hay mujeres que -vestidas de colores- improvisan cada día pequeños altares budistas. Los altares son dorados, amarillos y rojos, y están llenos de frutas. La gente va allí, diría yo -desde mi mirada occidental-, a tirarse la suerte. En realidad, no sé para que van, pero se sientan en banquetitas frente a esas señoras y se ponen a conversar.

Paso por allí apurada, pero me detiene el olor a incienso y pomelo fresco. Los colores cálidos contrastan con la asfixia de la autopista. Miro a una de las mujeres y la saludo. Me invita a sentarme y le digo que no puedo, porque estoy apurada (es verdad, tengo que retirar mi pasaporte). Ahora me arrepiento porque creo que hubiera sido interesante hablar un rato o recibir una bendición budista. No lo sé.

Fue también, camino a una embajada, donde encontré la segunda burbuja, esta vez mucho más ruidosa. Buscábamos entonces, un negocio para sacar nuestra foto carnet para la visa. Carteles de Nikon y Minolta dispersos en las calles nos ofrecían esperanzas falsas. Hasta que, ya no recuerdo como, llegamos allí.

Ferretería en Hong Kong
Pequeña ferretería en Hong Kong

En algún lugar de toda esa jungla comprimida de tuercas, clavos y arandelitas, había un cartel que decía “fotos para visa”. Le solicitamos una a la señora y nos pidió unos minutos. Mientras esperábamos, le tomé una foto porque me pareció increíble que en sitios como Hong Kong todavía sobrevivieran réplicas de las tradicionales ferreterías de barrio, en versión estrecha y con anexo de otros rubros.

De repente, la señora nos gritó y, desde algún lugar, desenrolló una pantalla blanca. Nos colocamos frente a ella, nos tomó las fotos y fue a imprimirlas en una vieja computadora que tenía detrás su marido. Tras otra breve espera, pudimos sostener nuestras nuevas fotos y salir corriendo, con las mochilas al hombro, ya que el tiempo para llegar a la embajada se nos iba acabando.

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