LLegamos a Savannakhet

Llegamos a Savannakhet casi a las nueve de la noche. Ya estaba todo oscuro y alrededor de la estación no se veía casi nada. Pero, afortunadamente, durante el trayecto, habíamos armado un grupo de viajeros y por eso era posible decidir en equipo donde ir.

Elegimos una de las opciones de alojamiento de  la Lonely Planet (ya no recuerdo si la más barata o la más cercana) y decidimos buscar un tuk-tuk. Como éramos varios, teníamos la idea de obtener algún descuento “al por mayor”. Sin embargo, las cosas resultaron un poco más difíciles de lo que imaginamos en un primer momento: la tarifa es por persona (y no por viaje) y además hay “tarifa corporativa” (todos los tuk-tuk, de cada ciudad, mantienen la misma tarifa, y esto es muy difícil de negociar).

tuk tuk en Savannakhet
Tuk tuk en Savannakhet

Paramos a varios para pedirles un descuento, pero todos se negaron, hasta que finalmente, uno de ellos nos quiso llevar a todos cobrándonos un poquitito menos (Qué ratas, loco). El conductor nos transportó a la casa de huéspedes que le señalamos, y -por suerte- había lugar para todos.

Casa de huéspedes en Savannakhet

El primer detalle que observamos fue la estricta obligatoriedad de sacarse los zapatos para entrar a la recepción o pisar el pequeño patio de baldosas que la rodeaba. Desacatar esta ley es una de las pocas cosas -o tal vez la única- que puede llegar a irritar mínimamente a un laosiano.

Poco  después, comenzamos a entender una frase, susurrada por cada espíritu, cada árbol y cada pared de ese país: “es el tiempo de Laos”. Ni bien entramos a la casa, nos atendió una chica que -con una risita nerviosa-, fue a buscar a alguien que a su vez buscó a otra persona. Todo a su debido tiempo, porque en Laos el tiempo no se gasta, ni se derrocha, sino que -tal vez al igual que los hopi – se acumula o se ahorra, y en consecuencia, se multiplica. Por eso, en Laos el tiempo es algo que siempre sobra y el apuro no es más que un pensamiento gringo desubicado.

casa de huéspedes en Savannakhet
Entrada de la casa de huéspedes en Savannakhet

Luego de que nos mostraran las habitaciones, quedamos en encontrarnos para comer, ya que dentro de la casa, había un pequeño restaurante. Allí pudimos conocer mejor a nuestros compañeros de viaje.

Eva, la española que había subido al autobús en la frontera,  iba de un lado al otro y, aunque todavía no había terminado de decidirse, tenía planeado ir hacia la capital de Laos. Yong, el chico de Corea,  me contó que estudiaba ruso (ojo, no por hobbi, creo que era algo así como la licenciatura). Su valentía para enfrentarse a lenguas desconocidas hizo que se integrara enseguida a un grupo cuyo idioma principal desconocía, y por eso no le importaba perderse entre hispanohablantes que cada tanto se olvidaban de hablar inglés. Cesar, nuestro amigo argentino, junto con Yong, pensaba pasar  los días siguientes por los pueblos más pequeños,  conviviendo por algún  tiempo con familias locales.

casa de huéspedes en Savannakhet 1
El patio de la casa de huéspedes en Savannakhet

Y así fue que, entre charla y charla, pasó la noche, pasaron varios chaparrones (aislados y no), llegó la comida (pasada por el tiempo de Laos) y se hizo la hora de ir a dormir… Mañana sería otro día, formalmente el primer día de salir a caminar por una ciudad laosiana.

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