Por las góndolas de Medellín

¡Hola Medellín!

Llegar a Medellín por tierra fue pequeña una aventura de cuatrocientos kilómetros y once horas. Sucede que el cuenco que conforma la ciudad está celosamente guardado por montañas escarpadas que parecen empeñadas en no darle la bienvenida a ningún viajero y que nos regalaron tres horas de embotellamiento vehicular apenas kilómetros antes de llegar.

La primera noche nos tocó una lluvia torrencial que nos hizo perder el último tren al hotel. La espera por el taxi tampoco fue grata y -luego esperar más de una hora y  tras previo arreglo con un “cuidador de taxis”-, conseguimos un carrito que rápidamente nos llevó a destino. Fue por su radio que nos enteramos que las demoras eran consecuencia de un alud que, en alguna parte irreconocible, lo había complicado todo.

A la mañana siguiente, la ciudad parecía haber cambiado por completo. Hacía bastante calor y el sol nos devolvía una ciudad más amable. Desde la ventana del hotel, pudimos ver entonces como esa geografía montañosa que primero nos dio la espalda albergaba tantas casitas rojas, que hacían parecer a la ciudad un lugar interminable. Sin embargo, observando con un poco más de atención, encontramos unas líneas misteriosas que quebraban la montaña. Era el metrocable, un sistema de telecabinas al que  prefiero llamar góndolas aéreas, que fue construido para unir el centro de la ciudad con las comunas periféricas.

Cuentan las crónicas que, antes del metrocable, era muy difícil para los habitantes de las comunas llegar al centro de la ciudad. Es que a la escarpada geografía, hay que sumarle la estrechez de sus callecitas laberínticas improvisadas.

Viajecitos

El primer viajecito en el metrocable salió bastante bien… En los días calurosos y húmedos de Medellín puede ser  una excelente oportunidad para conocer la ciudad profunda sin hacer demasiado ejercicio.

Además de dar un pequeño paseo y apreciar la vista panorámica de Medellín, pensábamos llegar al Parque Arví, un área natural muy recomendada para pasar un día de campo que está ubicada al final de una de las líneas. Sin embargo la historia se complicó un poco cuando llegamos a la estación Santo Domingo Savio. Allí el metrocable deja de ser un servicio de transporte público para las comunas y se convierte en un transporte turístico. Por eso es necesario pagar una tarifa extra, algo que considero razonable. Lo que no considero razonable es que solo se acepte efectivo…. Y lo que tampoco considero razonable es quedarse sin efectivo, como, por supuesto me sucedió.

Con un poco de ilusión, decidimos bajar de la estación para buscar algún cajero automático, pero la suerte no estuvo con nosotros. De aquí nos mandaron para allí, y de allí para aquí, así que nos tuvimos que volver (o devolver, como se dice en Colombia) al centro de la ciudad. Por ese día, nos habíamos quedado sin parque…

El segundo no es el vencido

Al día siguiente, íbamos más preparados aunque con poco tiempo. Tomamos la segunda parte del teleférico por la curiosidad de saber que hay “más allá”, porque los tiempos no daban para entrar y recorrer el parque Arví.   Esta segunda parte del recorrido fue menos interesante, ya que después de un breve trayecto deja de apreciarse la vista panorámica de la ciudad y sólo puede verse el bosque  desde arriba (no es falta de sensibilidad: desde arriba el bosque casi ni se aprecia y parece una masa muy uniforme de hojas).

Durante el recorrido de vuelta, aprendimos bastante sobre la ciudad ya que pudimos conversar con un muchacho que había vivido toda su vida allí y que volvía de pasar el día en el parque con su hija. Nos contó que el parque Arví era uno de los más bonitos de Colombia y lamentó nuestra falta de tiempo para poder visitarlo.

Entre charla y charla, nos fue comentando algo más de las comunas. De como unas casas, que desde arriba se veían pequeñas y sueltas, se salvaron de ser demolidas para construir los pilares del metro. También nos contó que casi todo lo que se puede ver desde arriba está edificado al azar y sin ningún tipo de planificación. Que alguien viene, improvisa una vivienda -o dos, o tres, o todas juntas- y luego las vende. Que misteriosamente esas casas se han valorizado. Que todo es un desastre…

En fin…. nos fuimos sin conocer el parque, pero con ganas de volver. La tercera, será….

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