George Town (Malasia): historias mínimas

Primera historia en George Town

Son las casi las cinco de la tarde, en las afueras del Parque Nacional de Penang. Desde uno de sus muelles, un turista japonés con una cámara superfantástica le saca fotos al barro arenoso que dejó la marea al irse. Está muy  concentrado, por eso enfoca su objetivo con mucho cuidado. Yo lo miro de reojo, veo el barro lleno de charquitos pasajeros, y giro mi cara hacia el horizonte. Pero no puedo aguantarme, la curiosidad me gana y vuelvo a mirar, esta vez indisimuladamente. El hombre sigue abstraido, tratando de tomar la mejor imagen de los charcos. Imagino a  un artista obnubilado en representaciones abstactras del mundo o bien a un tecnócrata -aburrido ya- de todas las posibilidades que le brinda su cámara.

Muelle de George Twon
Muelle de George Town, Parque Nacional Penang, Malasia
En ese momento, se percata  de mi presencia y de mi extrañeza, y me habla, tal vez para que no piense que está loco. Me dice que ese barro, en apariencia tan quieto, está lleno de  peces. Peces que pueden vivir fuera del agua por un tiempo y que se mimetizan con la arena gris. Miro fijo y no hay nada. Y de repente…. algo que se mueve fugazmente. Mi amigo sigue impasible y seguirá allí  toda la tarde, cargando la característica paciencia de su herencia oriental. Lo imagino en un cuarto oscuro, mirando al infinito, e intentando develar el rompecabezas de cuando es pez y cuando tierra.

 

Segunda historia en George Town

Una playa cualquiera de George Town. Un hombre europeo, de cabello castaño claro y piel bastante blanca,  vuelve de nadar un rato. Se seca. En ese momento, un grupo de cinco o seis muchachos se acerca hacía él. Uno de ellos, que parece ser un poco mayor que el resto, lo saluda y le pide sacarse una foto juntos, mientras se dan la mano. El hombre accede. Luego, le pregunta si se puede sacar una foto con cada uno de sus hermanos. Finalmente, llega la foto grupal. Ahora, todos son amigos de toda la vida. El hombre blanco mira perplejo y se da cuenta que, en el otro lado de un mundo que tal vez no conoce, ya es casi una celebridad.
La playa de George Town Malasia
La playa de George Town, en Malasia

 

Tercera Historia en George Town

Es un poco tarde, pero todavía queda algo de sol. Estamos en la zona céntrica de George Town, y pasamos cerca de la Mezquita principal. Es allí donde la veo por primera vez, zarparrastrosa y harapienta, merodeando por unas calles que, sin saberlo, le pertenecen. Le apunto, y cuando voy a disparar, intenta huir, como si fuera consciente de su presencia profana en uno de los lugares más sagrados de la ciudad.

Al contrario de lo que dice la leyenda, Efigenia (ese es su hipotético nombre) no le teme al sol. Ya vieja, y tal vez rendida, ignora cual es el límite de los miedos. Quiere, sin ganas, esconderse de mí, pero yo no tengo piedad y le disparo otra vez, aunque no consigo capturarla. Aún, en su último aliento, da batalla y desaparece bajo un container. No puedo tomar ninguna foto, pero ella es grande. Una de las ratas más grandes que vi en mi vida. Ni modo. Huyó como una estrella perseguida por los paparazzi. Efigenia gana.

Motos en George Town Malasia
Abajo de esa cosa azul está Efigenia

 

Cuarta historia en George Town

Es de noche, bastante tarde, y volvemos del Parque Nacional Penang en colectivo. Tenemos hambre y, como todavía no conocemos bien la ciudad, pensamos ir a comer algo cerca del shopping. Sin embargo, a mitad de camino, nos detiene una calle llena de  restaurantes donde se ve bastante gente. Vamos, listo, total.

Caminamos un poco, buscando ofertas, porque aunque algunos restaurantes se ven bonitos, sus precios son algo caros. Recorremos un poco más y…ahí vemos un cartel imaginario que titila la frase “Bienvenidos a uno de los mejores mercados de comida callejera del mundo”. El lugar está lleno (no podemos esperar otra cosa) y tiene de todo: mariscos gigantes asados, cazuelas de barro, platos que se sirven en hojas de árbol, verduras frescas, y un vientito de mar que se mezcla con los aromas de algunas especias desconocidas.

El lugar es un pequeño paraíso. Hay tantas cosas para elegir (y tantas personas que disfrutan), que -al contrario de lo que se sugiere en estos casos-, voy a uno de los puestos que está menos lleno. Me agendo de dos platos pequeños (es mejor probar poco, que comprar mucho y arrepentirse), e intentamos sentarnos. Las mesas están llenas, pero eso no importa, donde hay un lugar libre, uno puede acomodarse y comer. Encontramos unos banquitos libres y, cuando nos sentamos, se une a nosotros una pareja. Viven en Singapur, pero la chica es de algún lugar de Europa. Hablamos de todo y nada. De nuestros planes, de la comida, de lo que se puede hacer en esa parte de Asia. El tiempo pasa muy rápido, y casi sin quererlo, terminamos todo. Juramos volver. La comida lo vale.

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