Feliz 2012 – Desde Shanghai

Mi primer encuentro con Shanghai fue en la víspera del año nuevo occidental. Llegué a la ciudad pasadas las diez de la noche, con muy poco tiempo para registrarme en el hostel y salir corriendo para el Bund  (ese lugar famoso lleno de torres y edificios, que funciona como punto de reunión para locales y extranjeros), ya que allí tenía pensado reunirme con una amiga.

En el Bund, Shanghai. Foto tomada por Kevin Earl.

Tomé un taxi y, durante el recorrido, me sentí extrañamente pequeña, como quien visita por primera vez una urbe. Ya conocía la megaciudad de Beijing, pero Shanghai se presentaba ante mis ojos como un monstruo más grande, y también más glamuroso. No sé si era por  la iluminación de los rascacielos, las enormes autopistas urbanas con rotondas de cuatro pisos -diseñadas con algo más de estética que en otras ciudades chinas- , o el tráfico medianamente ordenado y menos propenso al bocinazo. Lo cierto es que Shanghai es una de esas ciudades cosmopolitas y multiculturales, que parecen tener resabios de distintas partes del mundo.

Autopistas de Shanghai. Foto del sitio “Iam Architect”.

Me encontraba en los clásicos divagues de recién llegado, observando la enormidad y los detalles, cuando el taxi se detuvo  repentinamente en una esquina. El conductor me hizo señas para salir del auto y me indico un recorrido. Le pregunté si habíamos llegado al Bund y me respondió que no, que para el Bund no había más camino.  Insistí pero me contestó, esta vez bastante enojado, con el clásico “meiyou-meiyou” (no hay-no existe), volviéndome a hacer señas para echarme del auto.

Le pagué y bajé. Faltaban unos quince minutos para las doce. Estaba un poco perdida pero me di cuenta  inmediatamente donde se encontraba el Bund, porque hordas de occidentales -todos lindos y pulcramente vestidos a la vanguardia- corrían desesperados hacía el mismo lugar. Todas las calles de la zona estaban cortadas para los autos, así que la tracción a sangre era la única alternativa. Me integré a la masa e intenté llamar a mi amiga. Fracasé porque las líneas telefónicas estaban colapsadas. Finalmente, llegué a un río. Detrás había unas torres inmensas, cuyas pantallas gigantes se iban preparando para el evento.

De repente, todas esas pantallas se pusieron en sincronía e indicaron que para el 2012 sólo faltaban 10 segundos. Estaba un poco preocupada porque no había encontrado a mi amiga, pero feliz porque en pocos minutos miraría aflorar -tras la Perla de Oriente, una de las torres más altas del mundo- el infaltable show de fuegos artificiales. El conteo se inició con todos los extranjeros -y algunos locales- levantando las manos y gritando en inglés. Ten, nine, eight….

Las campanadas dieron las doce. Las pantallas gigantes indicaban -en chino y en inglés- el comienzo del nuevo año.  Todos miramos las torres. Detrás de ellas comenzó a surgir una magnífica procesión de nada. Nada. Literalmente nada. Paso el año nuevo en el país de los fuegos artificiales, esperando un magnífico show, y nada. Paso el año nuevo en el país donde los fuegos artificiales se usan para celebrar cualquier cosa (nacimiento, matrimonio, inauguraciones), y nada.

El resto de los extranjeros, casi tan desconcertados como yo, empezó a caminar a lo largo de la costa. Los seguí. Todos nos saludábamos y le deseábamos el año nuevo a China. Todos estábamos felices. A eso de las doce y media me encontré con mi amiga. Compramos una cerveza, snacks chinos y celebramos con la gente. Fuimos bastante tarde a dormir.

Dos días después, mientras viajaba en el subte de Shanghai, pude ver las celebraciones del año nuevo en la televisión oficial (todos los subtes en China tienen televisores en sus vagones). Transmitieron, por supuesto, los festejos de Shanghai y mostraron como los fuegos artificiales teñían de luz y color la Perla de Oriente, en un orden impecable de abajo hacia arriba, el mismísimo  31 de enero, a las doce de la noche. Triste -y algo decepcionada- me di cuenta de que -al menos, en diferido- fue posible para mí ver el tan esperado show de año nuevo.

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