Diablos rojos de Panamá: perdidos en la ciudad

Diablos rojos de Panamá

La primera vez que vi uno, pensé que era un loco suelto, alguien único en su especie, un personaje que había transformado su medio de tranporte en un arte rodante, un arte que nos miraba en forma retovada, mientras tosía y exhalaba un humo gris y furioso de sus dos chimeneas.
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El primer diablo rojo de Panamá

Lo seguimos inconscientemente por varias cuadras de calles pequeñas y suburbanas. Pero en un momento, el loco dio una risotada, aceleró y decidió escaparse de sus perseguidores eventuales. A todo esto, ya le había sacado varias fotos, pensando que ese encuentro era único y casual, aunque confieso que me quedé con ganas de pelearme un poco con el mascarón de popa.

Cuando llegué la ciudad, descubrí que los locos eran miles y estaban por todas partes, aunque en lugar de Guasones cargaban, en proa y popa,  personajes famosos, chicas curvilíneas o gritaban a los cuatro vientos confesiones de trasnoche del tipo “Tamara me engaña”.

¿Y qué es esto? ¿Qué les pasa en Panamá a los colectivos?

Hace muchos años, remanentes de autobuses escolares fueron llevados a la ciudad de Panamá. Pero cuando llegaron a tierra, se dieron cuenta que el amarillo original no combinaba con la ciudad centroamericana. Por eso, varios artistas se apoderaron de ellos, los repintaron de blanco y tunearon a cada uno a imagen y semejanza de sus dueños.

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Diablos rojos de Panamá desansan bajo una autopista

Viaje en uno de los diablos rojos de Panamá

“¿Y por qué se llaman diablos? ¿Y por qué rojos si son blancos como la nieve?”, son las preguntas que exceden cualquier respuesta e invitan a ahondar en leyendas urbanas. Son diablos porque gritan, bocinan, arrebatan y atropellan a  los otros autos. Son malvados porque entre ellos se pelean por obtener pasajeros, pero para no ser menos también se pelean con los pasajeros. Son rojos vaya a saber por qué.

Las paradas también son diablas porque sólo los pasajeros las conocen, si te querés tomar uno seguramente pasarán muchos y ningunó parará, si no querés tomar ninguno, se van a parar delante tuyo y el ayudante del chofer anunciará victorioso el destino final, inentando persuadir a todos de que es el mejor -y único- destino posible.

Hay ciertos lugares donde los diablos comienzan sus recorridos. Uno de ellos es la puerta del shopping más famoso, donde paran, prenden lucecitas de todos colores, dejan que los flequitos colgados de sus espejos vuelen al viento, mientras cantan y aullan a bocinazos. Así así cazan a sus presas-pasajeros y de paso cazan a dos turistas que sólo quieren dar un paseo.

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Diablo rojo de Panamá con su dueño

El diablo rojo  nos da la bienvenida con música y pintadas de calaña dudosa. Nos recibe también una pelea entre una pasajera y el chofer. Pero no importa, nos sentamos detrás de todo. El colectivo arranca y cruza la hermosa Panamá. Vamos por un gran puente autopista que atraviesa una parte de la playa que está en bajamar, y de pronto estamos en las afueras. Agarramos la ruta y el campo nos recibe con un viento fresco que en la ciudad no existe. Por un momento largo, el diablo no para, así que pensamos que es mejor esperar a que llegue a una ciudad o, al menos, un conglomerado de casas. Y de repente, el campo vacío vuelve a poblarse, y los carteles indican que estamos en Tocumen, la zona cercana al aeropuerto. Nos bajamos donde se bajan todos e intentamos volver.

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Dentro de uno de los diablos rojos de Panamá
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Inscripción en uno de los diablos rojos de Panamá

Pero lamentablante, los diablos habian vendido su alma a otro diablo, más pragmático y menos poético, y era imposible subir sin llevar la camiseta del Navarro de turno. Por eso, tuvimos que esperar y volver en un bus común de línea. Sin música, sin pintadas, sin peleas y conversando con una señora que pensaba que nos alojábamos en los mejores hoteles de la ciudad.

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Diablos rojos de Navarro

Para saber más de los diablos rojos de Panamá, podemos visitar la página My names is diablo rojo, donde rebosa el pensamiento indirecto y libre de los mismos colectivos. Podemos allí conocer a los choferes, a los fanáticos y a los artistas decoradores. También podemos conocer las leyendas, ya que la historia verdadera… nadie pero nadie la conoce.

 

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