Desde Irlanda: Happy Halloween

Escribo este blog, sobre el año que pasé en China y mi posterior viaje al sudeste asiático, en Kildare Town, un pueblo de Irlanda, localizado cerca de Dublin. Por eso, se me hace inevitable mencionar algo sobre Hallowen, ya que me encuentro conviviendo con la cultura y la geografía que dieron origen a la fiesta.

Halloween era una celebración de los pueblos celtas para recibir la estación fría. Según la tradición, es un día en el cual la barrera entre los vivos y los muertos se estrecha, hecho que obliga a la gente a recibir a los espíritus de la manera más amena posible, para así evitar futuras complicaciones. Parece que vestirse como ellos, estar alegres y convidarles alguna bebida,  los hará volver más fácilmente al otro mundo o -tal vez- molestar menos en el propio.

En Irlanda, la atmósfera de Halloween comienza a respirarse casi un mes antes gracias a la gran cantidad de  merchandising que rodea la fiesta. Todos los supermercados se llenan de disfraces, adornos, caramelos  y chucherías terroríficas. Además, aumenta la venta de productos pirotécnicos (poco frecuentes en Irlanda. porque su uso está prohibido) y por unas dos semanas, esporádicos rompeportones light irrumpen  la paz de los vecinos.

Una de las costumbres más habituales durante Halloween es armar grandes fogones -bonfires- en las zonas rurales o en los espacios verdes compartidos por los vecinos de los “housing estates” (en Irlanda, no existen las cuadras propiamente dichas. Las casas están ubicadas en grandes terrenos que tienen, en su centro,  una especie de placita comunal).

Dice la leyenda que esta costumbre proviene de antiguas danzas que realizaban los celtas, en torno a fogones, que tenían como fin ahuyentar los malos espíritus. Sin embargo, una persona del pueblo que dijo que la idea consiste también en quemar todo lo viejo para dar lugar a lo nuevo. Lo cierto es que la gente, a la hora de preparar estas fogatas, sale a buscar cualquier cosa que pueda ser quemada para hacerla más impresionante y duradera.

Otra de las tradiciones es la de la famosa calabaza. Dice la leyenda que un hombre llamado Jack  engañó al diablo tres veces. Cuando murió, no pudo ir al cielo (por truhán) ni tampoco al infierno (por jodido)*. Por lo tanto, su alma fue condenada a vagar por las oscuras noches de la eternidad. Para alumbrarse, Jack ahuecó un nabo e hizo una lámpara. La idea de Jack sería copiada, más tarde, por los celtas en la antigua Hibernia, con el fin de ayudar a las almas perdidas. Tiempo después, cuando los irlandeses emigraron a Estados Unidos, expulsados por la hambruna, reemplazarían los nabos por calabazas debido a que éstas eran más fáciles de ahuecar.

Aunque la calabaza no es un cultivo propio de Irlanda, en los supermercados las venden especialmente para Halloween. Me pareció algo divertido, así que compré una y probé ahuecarla. Por las dudas, elegí uno de los diseños más simples.

Orgullosa por mi creación culinaria, decidí colocarla en la ventana, con una velita adentro para que los vecinos y los phucas (pequeños fantasmas que suelen andar sueltos por estas fechas) me tuvieran un poco de respeto.


Después de dos días de estoico aguante, el alma de la calabaza se convirtió en una especie de plasma que desbordó por su boca, dejándola desahuciada. Mi creación murió en cumplimiento del deber y por eso le hicimos un rito funerario que la dignificó plenamente.

La última costumbre que queda por contar es la de truco o trato.  Le debo a mi compañero de piso la compra de los dulces adecuados en el momento justo.

El día de la víspera de Halloween, aproximadamente a las siete de la tarde,  el grupete de chicos de barrio cayó para reclamar el truco o trato. Eran seis niños de aspecto amenazante, impecablemente ataviados y maquillados con profesional destreza para la ocasión. La más grande tendría unos seis años y el más pequeño apenas podía caminar. Todos repitieron algo en coro y el más chiquito, como no podía hablar, se limitó a levantar su bolsita lo más alto posible, como diciendo “yo primero, che”, mientras la nena más grande, sabiéndose jefa de la tropa, supervisaba todo con seria responsabilidad.

Luego, la noche pasó bastante rápido y  Halloween finalizó en Kildare. Sin mayores sobresaltos, con mucho frío, una garúa imperceptible y una silenciosa luna llena iluminando el camino del viejo Jack.

* Nota al pie: La leyenda del pobre Jack es muy similar a un relato de tradición oral que circula en las pampas argentinas, sobre un gaucho timbero que se llamaba Villa. 

P.S.: Owen Conlon, periodista irlandés, describe la extraña celebración de Halloween en las islas Aran, uno de los gaeltacht de Irlanda (lugares donde se habla exclusivamente gaélico). El texto está en español y aquí está el enlace.

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