Chungking Mansions en Hong Kong: historia II

En entradas anteriores, he contado algunas particularidades de nuestro alojamiento en Hong Kong: las nunca bien ponderadas Chungking Mansions.  Este conglomerado de torres, además de ser  lúgubre y tenebroso, tiene la característica de que allí siempre sucede algo. Todo el tiempo, y de manera simultánea,  pasan  cosas en ese lugar, por lo que raramente podremos dar cuenta de cada una de ellas.

Una noche, regresábamos al hotel después de un agotador día de caminatas. No sin cierta sorpresa, nos   topamos con un grupo de policías que estaba chequeando la documentación de cada persona que ingresaba en el edificio. Nos encontramos, entonces, con el primer problema: nuestros pasaportes estaban en la embajada de Vietnam, esperando la visa. Algo desconcertados, decidimos dar una vuelta para ver que sucedía más tarde.

Una hora después, los policías seguían en la puerta, controlando a los transeúntes. Por suerte, teníamos la fotocopia de uno de los pasaportes. Decidimos entrar y le expliqué a una mujer policía que nuestro pasaporte estaba retenido en una embajada. Miró la fotocopia superficialmente y nos permitió avanzar hacia el edificio.

En la planta baja de las torres, reinaba un ambiente un poco extraño. Había más movimiento que el habitual y mucha gente parecía querer pasar desapercibida. Los policías estaban por todas partes y todos miraban a todos con desconfianza. Pasamos rápido, pero intuí que algunos querían pasar más rápido que nosotros. Llegamos a las escaleras y, a medida que íbamos subiéndolas,  nos dimos cuenta de que todos querían disimular su presencia.

Al llegar a la habitación, le comentamos la historia a la encargada. Ella nos dijo que estas cosas sucedían habitualmente, que ya le habían avisado y que ella -a su vez- también le había avisado a otras personas.  En el palier de entrada del hotel, compartido con un restaurante pakistaní, la atmósfera era bastante agitada. Dentro del restaurante, se veía gente corriendo y murmurando cosas. Sin embargo, en el interior del hotel, el ambiente era completamente distinto. Se respiraba la “normal” tranquilidad  habitual y el calor húmedo de los días de Hong Kong.

A la mañana siguiente, los policías continuaban, en la puerta principal, verificando la identidades de toda persona que entrara o saliera. Aceptaron nuestras fotocopias (esta vez teníamos las de ambos pasaportes) y nos dejaron salir. La persistencia de la policía -y las caras de las otras personas que habitaban las mansiones- ya nos preocupaba un poco, y comenzamos a pensar que el operativo podría llegar a convertirse en el estado normal del lugar.No terminábamos de cruzar el límite que separa a las mansiones del mundo, cuando un hombre comenzó a seguirnos y -acercándose a nosotros hasta pegarse casi a nuestros cuerpos-  nos susurró  al oido que todos los crímenes posibles que pudieran cometerse o haberse cometido se habían perpetrado -o se perpetrarían- en Chungking Mansions. Creo que este señor no había estado nunca en Macondo, si quiera de manera literaria, y por eso lo perdoné, ya que sus intenciones parecían sinceras.

Aquel día, volvimos a  Chungking Mansions a la hora del almuerzo. En ese momento,  vimos una situación que, lejos de despejar el misterio sobre el operativo que habíamos visto, lo acrecentaba: un posible comisionado de Hong Kong, rubio y de cara muy británica -alguien que tranquilamente podría llamarse William Smith- sonreía frente a dos o tres periodistas, en el centro de una hilera que lo unía a los locales y a otros policías. La siguiente foto consistió en un apretón de manos (y muchas fotos) entre el comisionado y un personaje que, a primera vista, parecía ser el mismísimo gran-jefe de las torres.

Chungking Mansions Hong Kong
En la entrada de las Chungking Mansions

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