Chaohu (巢湖): de bueyes perdidos

Chaohu  巢湖

Chaohu es una ciudad de la provincia de Anhui, localizada a unos cien kilómetros de Hefei (su capital),  cuya existencia conocimos gracias a la Lonely Planet de mi compañera de viajes chinos. Aunque teníamos la guía en la mano, solo pudimos saber que allí había un lago muy visitado. Recabar algo más de información fue imposible, ya que por la censura en las redes sociales es moneda común que la mayoría de los sitios disponibles en internet esté escrito exclusivamente en mandarín.

El viaje: de Hefei a Chaohu

Fuimos a Chaohu en colectivo. El viaje, pese a la corta distancia entre las ciudades, duró más de tres horas porque el estado de la ruta era  una mezcla de baches, máquinas viales y desvíos que hacían difícil poder avanzar. Sin embargo, la lentitud del recorrido, los pozos y hasta el polvillo que se hacía presente dentro del vehículo nos mostraron el paisaje de la China rural, con sus  parcelas de cultivos intensivos,  su agricultura para nada industrial y una ausencia casi total de cualquier tipo de ganado destinado a consumo.Fue así que, entre bache y bache, vi una foto que, aunque nunca pude tomar, podría resumir muy bien este panorama: un hombre que araba con dos bueyes, en un terrenito ubicado delante de los silos de una fábrica, de la cual salían sendos arroyos de agua marrón contaminada.

 

Llegada a la ciudad de Chaohu

La llegada a la ciudad me produjo la misma impresión que otras muchas ciudades chinas: todo grande, todo cuadrado, todo distante. A lo lejos, una montaña con una pagoda en su pico intentaban romper el gris. No nos quedaba otra que buscar el lago, pero como no había carteles o algo que nos pudiera orientar, decidimos preguntarle a unos taxistas que esperaban fuera de la terminal.
– “Lago”, “lago”, suplicamos en chino.
– ¡100 yuanes!.
– Ehh muy caro, por favor, una rebaja!!!.
– ¡100 yuaaaaaaaaaaanes!.
– Pero muy caro, vamos al lago, acá en la ciudad….
– 100 yuanes, nos dijo, mirándonos fijo y feo.
– Pero vamos al lago, es acá nomás.
– 100 yuanes es el precio, nos respondió más seco todavía y nos dio vuelta la cara.

Cien yuanes era el implacable precio de un taxi para ir al lago, lo cual nos pareció bastante caro (en realidad una estafa) para ir de un punto al otro de la ciudad, y mucho más de un “pueblo chico” (para los estándares de China, aclaro). Así que decidimos caminar un poco para encontrar algo. Intentamos preguntarles a varias personas pero la búsqueda fue infructuosa, nadie sabía dónde estaba el lago o nadie nos entendía. Así que intentamos sentarnos frente a la estación de trenes, ubicada al lado de la de autobuses, para tomar un poco de aliento.

巢湖

Sobre el techo de la estación, estaba escrito el nombre de la ciudad Chaohu 巢湖. Por el cansancio del viaje y por la desesperación de no encontrar nada, las tres flechitas del primer caracter me parecían flechas de amenaza, dardos, una de las cosas más feas que había visto en mi vida. Decidimos levantarnos y seguir, y así encontramos a un grupito de veinteañeros que vino a salvarnos. Conversamos con ellos un momento, y nos dijeron que el lago estaba un poquito lejos y que se podía ir en colectivo. Nos invitaron a seguirlos y nos acompañaron por dos cuadras  hacia una estación más pequeña.

Cuando llegamos, nuestra “mini-van”,  estaba saliendo. Los muchachos lo pararon y le mencionaron al chofer nuestro destino. El vehículo estaba lleno y por eso el conductor resolvió lo siguiente: acomodar a mi amiga en el asiento del acompañante y sentarme a mí en una banquetita ubicada entre ella y su propia butaca. Me  agarré fuerte y la buseta comenzó su marcha. Pasó una hora y no vimos rastro de lago ni nada que se asemejara. ¿Lago?, le preguntamos al chofer y nos hizo señas de “más allá” con las mános. ¿Lago?, le preguntamos a un pasajero que nos hizo la misma seña que el chofer “más allá”.

Claro, el tiempo seguía pasando y el colectivo continuaba su recorrido  por caminos cada vez más rurales. Estábamos completamente fuera de la zona urbana de Chaohu y la situación pasaba de castaño a oscuro. Con mi amiga, decidimos llamar por teléfono a Rebeca, una amiga china que hablaba español, para explicarle nuestro problema: queríamos ir al lago de Chaohu, pero nos parecía que estábamos yendo a cualquier parte. El chofer juraba que íbamos al lago, pero sospechamos que con tal de tener más pasajeros nos podría estar llevando a cualquier parte. O tal vez, los chicos de Chaohu se habían confundido y pensaron que queríamos ir a algún otro lugar.Hablamos con Rebeca, pero ella no entendía nada (que te llamen dos locas un sábado a la tarde perdidas en la China rural clasifica como una situación imprevista de la vida). Le tuvimos que explicar varias veces, porque entre el ruido del colectivo, la dificultad para un no-nativo de entender un idioma extranjero por teléfono y lo extraño de la situación, la chica estaba totalmente confundida.

 

En definitiva, lo que queríamos era que Rebeca le preguntara a algún pasajero si el colectivo se dirigía efectivamente al lago. Cuando pudimos hacernos entender, le pasamos el teléfono a un muchacho sentado detrás mío. “Tiene teléfono”, le dijimos. El hombre nos miró con cara de “y esto que?” y repetimos la frase “tiene teléfono, por favor”.  Resignado y asombrado, aceptó el celular y se puso a hablar como si nada. Con una sonrisa, nos devolvió el teléfono y, en ese momento,   nuestra amiga nos confirmó que estábamos yendo al lago. Nos quedamos un poco más tranquilas y le preguntamos cuanto faltaba. La respuesta fue “un rato”, “un tiempo más”, nadie sabía. Ahí Rebeca nos comentó otra cosa: el hombre no hablaba mandarín, sino algún dialecto de la provincia y por eso era complicado entenderle. Resignadas, decidimos seguir en el autobús hasta donde nos llevara, porque siempre que hay un colectivo de ida suele haber otro de regreso.

 

Pero a medida que el camino avanzaba, el paisaje se tornaba más desolado y el conductor se volvía más loco. Comenzó a cruzarse al otro carril -primero sútil y esporádicamente- hasta que la acción convirtió en un deporte. Carril izquierdo, carril derecho, paso en curva, esquivo a un camión, a un auto, a un peatón. Sentada en mi banquetita, emepecé a insultarlo en criollo cada vez que cometía alguna infracción. El hombre me miraba, se reía, tomaba su té y volvía a cambiar de carril.

 

El chofer seguía manejando, yo continuaba insultándolo -cada vez más fuerte- y mi amiga me miraba incrédula. Mientras tanto, los otros  pasajeros permanecían completamente inmutables. Estaban silenciosos, como si contemplaran en su interior o como si estuvieran -momentáneamente- en otro mundo. Con cara de nada, tenían sus ojos fijos hacia ningún lado, como si viajaran en algún subte en hora pico, regresando a sus casas después de haber terminado su jornada de trabajo.

 

Así llegamos a una aldea. Lago, preguntamos. No, no, más allá, nos respondieron.  Nunca pudimos saber como se llamaba el pueblito, pero si deducir que vivía de la cosecha de algodón. En la calle central, había un hombre con una carretilla grande cargada de flores de esta planta y personas que, en las veredas, colocaban manteles de poco más de un metro cuadrado para secar pompones de algodón. Había mujeres acuclilladas al lado de ellos, contemplando las flores atentamente, como si fuera posible captar con el ojo su lento  proceso de deshidratación. Había otros que de pie, los ventilaban con abanicos colocados en la punta de palos de escoba. Y en el medio de la calle, el tráfico siempre impresionante de China.Salimos del pueblo. Poco a poco la ruta fue mejorando. Allí, comenzamos a ver edificios que parecían ser complejos turísticos o casas de fin de semana. Eran nuevos, estaban vacíos y su estilo arquitectónico era  una mezcla rara entre oriente y la Grecia Clásica. Otra cosa que cambió del paisaje fueron los vehículos: comenzamos a ver autos más lujosos, del estilo Audi A5 o Wolkswagen Passat, que suelen ser los que usan los funcionarios.

Llegada al lago “Chaohu”

Por fin, a las cuatro y veinte de la tarde, el colectivo terminó su viaje, a la orilla de uno de los lagos más grandes que vi en mi vida. En realidad no sé si era el más grande, pero había en él algo que mareaba. No se podía ver la costa del otro lado, pero podía divisarse una isla en el centro con una enorme pagoda. Le preguntamos al chofer a qué hora volvía y nos dijo que a las 16.30. Le preguntamos si había algún otro colectivo para Hefei más tarde (en China, los micros que hacen recorridos cortos suelen terminar a las seis de la tarde) y nos dijo que no. Resignadas porque sólo teníamos cinco minutos para sacar una foto, lo hicimos, con la esperanza de poder guardar algún recuerdo de todo ese trayecto.

Chaohu lago chaohu
Vista del lago Chaohu, cerca de la ciudad de Chaohu, provincia de Anhui

Cuando a las 16.25,  nos disponíamos a regresar al colectivo, éste se fue. Cinco minutos antes de su hora de regreso, se fue. Y nos dejó allí, casi sin esperanzas de poder volver. Preguntamos en un puesto de información, lleno de autobuses de “excursión”, si había algo hacia Hefei y nos dijeron que no, que no sabía, que no había nada. Sin mucho que hacer, porque ni siquiera teníamos el pasaporte para pasar una noche allí, decidimos resignarnos y caminar, siempre cerca de la parada de colectivos, para ver si encontrábamos algo.

chaohu lago chaohu 2
Barquitos en el lago Chaohu, provincia de Anhui, China.

La vuelta: ¡Hola Hefei! ¡Adiós (por ahora) Chaohu!

A las cinco de la tarde, llegó un micro. Le preguntamos si iba a Hefei y nos contestó que no. Por suerte, había un señor que nos dijo que iba a la capial y nos pidió que lo siguiéramos. Subimos a ese colectivo, pasamos por el mismo pueblito donde se cultivaba algodón y más tarde, en algún lugar de la ruta, el hombre que iba a Hefei nos hizo bajar. Allí hicimos dedo a otro colectivo, cuyo chofer estaba más loco que el primero, porque amaba pasar camiones cisternas. Por eso preferí no mirar la ruta y conversar con una chica que nos sacó unas fotos, curiosa al ver dos extranjeras en un lugar tan “recóndito”.

Finalmente, y todavía no sé como, llegamos a Hefei sanas y salvas.Días después, volví a mirar en una computadora el nombre Chaohu 巢湖 escrito en mandarín. Esta vez, las flechitas  no me parecieron tan malas, aunque si algo extrañas y hasta las vi portadoras de cierta connotación artística. De todas maneras, muchas ciudades y caracteres serán siempre un misterio para los desconocedores de las culturas orientales.

Nota:

¿Querés saber algo más sobre Chaohu?. En el artículo “A la búsqueda de las ciudades perdidas” cuento un poquito más sobre el lago y sobre la situación política de la ciudad.

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