Cabinas en Fortuna: poca fortuna y un tico enojado

Cabinas en Fortuna: la llegada

La segunda parada en Costa Rica, tras una breve estadía en San José, fue La Fortuna, una ciudad rodeada de volcanes cuyo principal ingreso económico es el turismo. Sin embargo esta vez la fortuna no nos acompañó con el alojamiento.

La historia comenzó con una búsqueda en internet, donde vimos que una alternativa económica a las habitaciones compartidas de los hosteles eran las “cabinas”. Por eso, sin saber muy bien con que clase de alojamiento nos encontraríamos -con ese nombre bien podría ser algún alojamiento vanguardista o bien algún cubículo extraño al mejor estilo japonés-, hicimos la reserva.

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Hermosa vista del volcán desde las cabinas en Fortuna

Haber reservado una cabina  a ciegas (sin ver críticas ni saber exactamente qué estábamos reservando) no fue una mala  idea porque el colectivo llegó casi a las nueve de la noche. Lo que fue mala idea, o bien capricho del destino que quería compensar la buena suerte de San José, fue reservar justo “esa cabina”, entre tantas otras que había en el pueblo.

El problema de las cabinas en Fortuna no eran las cabinas en sí. El lugar, una casa muy sencilla con habitaciones conectadas por galerías exteriores, era medianamente limpio y suficiente para quien busca algo básico.  Además, su ubicación, a unos doscientos metros de la calle principal, la hacía muy accesible  (Fortuna está lleno de alojamientos alejados del casco urbano central, lo que puede ser una ventaja para quienes tengan vehículo propio y quieran estar más cerca de la naturaleza).  El problema de las cabinas era su dueño: una pesadilla de gruñosidad, disgusto y mal humor.

Para entender mejor que sucede, basta ver las críticas del lugar en internet. Según las crónicas, el dueño tiene dos caras: una muy amable para quienes le compran las excursiones que ofrece apenas uno se registra y otra, la que nos puso a nosotros, cuando muy amablemente le dijimos que no estábamos interesados en los paquetes. De esta manera, los que le compraron excursiones afirman que es la persona más hospitalaria del mundo, los que le compraron excursiones pero luego se avivaron de que eran diez dólares más caras lo insultan por exprimidor de turistas y los que no le compramos excursiones nos quejamos de su mal humor insoportable.

Y así empezaron las cosas: nos dio las llaves de la habitación con un gruñido, nos condujo a nuestra habitación con resoplidos y cuando le pedimos las llaves de la cocina nos las dio con otro gruñido. Todo bien hasta ahí, total nos podíamos esconder en la pieza y no lo teníamos que ver.

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Patio y entrada a la habitación de las cabinas en Fortuna

El primer problema surgió  cuando al conectar el cargador del celular en uno de los enchufes del televisor, la térmica saltó. Mi novio fue a buscar al “tico loco”, pero el hombre no quería subir y masculló algún insulto incomprensible entre dientes. Adrián insistió, (no teníamos nada de luz)  y a regañadientes dijo algo así como que iría pronto. Cuando mi novio volvió, me dijo que el hombre lo había insultado entre dientes, pero que no había terminado de entender sus palabras. Fue así que nos quedamos pensando en nuestro próximo paso: íbamos y le reclamábamos o nos íbamos sin reclamar que nos devolviera la plata (reclamarle la plata iba a ser la guerra, me parece).

En eso llegó el tipo. Gruñía. Dijo que la térmica había saltado y que la culpa era mía por usar el secador de pelo. Le dije que no tenía secador y me gruñó mucho más (me arrepiento de no haberle dicho que fue la planchita). Se fue ladrando y al ratito hizo que la luz volviera a la habitación. Ahí ya nos quedamos medio mal: le habíamos pagado dos noches y un poco nos arrepentimos de no habernos ido el segundo día a otras cabinas más modestas que vimos la noche del primer día (salimos a comprar algo al super y pasamos por unas para chusmear). Pero bueno, ya estábamos allí.

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Vista de la habitación de las cabinas en Fortuna

Cabinas en Fortuna: la salida

Durante el segundo día, alquilamos una moto en el pueblo y, a la hora del almuerzo, cuando la vio descansando, la escudriñó de manera tan fea que nos dio un poco de miedo dejarla sola y estacionada (después de los insultos, ya estábamos paranoicos con el “tico loco”), así que por las dudas la vigilamos desde el balcón y no la perdimos de vista.

Viendo como venía la cosa, y para evitar problemas a último momento, le fuimos a decir -antes de pasar la segunda noche allí-  que teníamos que hacer el check-out a las seis y media de la mañana por los horarios del colectivo. Esta vez, el hombre  nos gruñó sólo un poco y  nos dijo que iba a haber alguien para recibir las llaves. Como era de esperarse, a la mañana no había nadie y medio no sabíamos que hacer: le dejábamos la llave en la habitación, se la dejábamos en la entrada del local, o la tirábamos por ahí. A todo esto, apareció otro tipo, casi de la nada pero más amable, que nos dijo que le podíamos dar la llave a él. Dudamos (a ver si el tipo era un ladrón y todavía teníamos problemas), pero al final se la dimos con la esperanza secreta de que fuera algún tipo de ladrón y le diera su merecido al tico enojado. Nunca supimos que pasó, pero las cabinas siguen funcionando y por ahora no estámos prófugos de Costa Rica.

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