Bienvenida a Hanoi

Llegamos a Hanoi, en tren,  a eso de las cinco de la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a despuntar. Estábamos un poco dormidos, algo hambrientos y sin un dong vietnamita. La ubicación de la estación -en las afueras de la ciudad- no ayudaba demasiado, sobre todo porque necesitábamos cambiar los yuanes chinos. Por suerte, un pequeño puesto de venta de divisas nos sacó las papas del fuego. De esta manera, pudimos tomar un taxi (que nos cobró el precio sugerido por la Lonely Planet), ya que allí no había ningún otro transporte para llegar al centro.Fue así que tuvimos un pantallazo de lo que era Hanoi a primera hora. El centro estaba vacío, pero las rutas periféricas, llenas de motos a nafta. Llegamos al hotel sin mayores problemas, pero como no nos admitían hasta el mediodía (salvo que pagáramos un extra), decidimos salir a  recorrer la ciudad.

A medida que nos acercábamos al centro, comenzamos a escuchar una especie de radio, con voz y música gloriosa, que era emitida desde altoparlantes casi invisibles, ubicados estratégicamente en cada esquina, en el punto más alto de cada poste. Carteles rojos, con la imagen de Ho Chi Minh y números de un evidente aniversario, confirmaron nuestras sospechas evidentes de propaganda gubernamental.

Pronto llegamos al lago Hoan Kiem, ubicado en el centro de Hanoi. Aunque todavía no eran las seis de la mañana, ya había muchas personas despiertas que, -en grupos- se dedicaban a hacer distintas actividades. Había gimnastas, bailarines, jugadores de bádmington, practicantes de Tai-chi, hombres de goma, ancianos, chicos y mucha música. De repente, comenzamos a escuchar un paso doble, que acompañaba a uno de los grupos que bailaban (aunque su danza era más bien un vals monocorde, inmune a cualquier tipo de ritmo).

Parece que cualquiera puede sumarse, pero para mi voluntad recién llegada, el desafío era demasiado. Los que no se unen a  ningún grupo salen a correr alrededor del lago principal de la ciudad. Me sorprendió el buen estado físico y la elasticidad de la gente (no es raro ver personas mayores doblándose o “descansando” en posiciones imposibles para cualquier occidental).

Un poco más tarde, llegamos al corazón del parque, donde hay un pequeño puente. Allí los vietnamitas aprovechaban para estirarse, mientras los turistas -más vagos, por cierto-, sacaban fotos o disfrutaban del paisaje.

 

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