El tranvía de Hong Kong: otra forma de conocer la ciudad

En el tranvía de Hong Kong

¿Qué colectivo puedo tomar para recorrer la ciudad?, le pregunté al recepcionista del hostel. Mejor tomate el tranvía de Hong Kong, me dijo. Es más lento, hay menos gente y se puede mirar todo. Me recomendó un número en especial, pero lo olvidé al llegar a la parada. No importa. Tomamos cualquiera. Cuando finalizó, tomamos otro, y después, otro. Así, sin saber dónde íbamos. Lindo paseo para la tardecita-noche.

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El tranvía de Hong Kong (fotos difíciles de sacar si las hay)

Viajar en el tranvía de Hong Kong fue como regresar a algún punto cercano a 1920. Esto es un poco por la decoración interior -que se conserva casi intacta desde que crearon los trenes- y otro poco porque Hong Kong es una ciudad con mucho de viejo. Es una ciudad donde oriente y occidente están juntos y revueltos pero también es un lugar donde se mezcla la modernidad tardía -que pelea por hacer del mundo un no lugar- con las tradiciones cantonesas, mandarinas y coloniales. Y esto sucede, porque bajo el manto de rascacielos que dominan las islas, se mantienen firmes rincones que susurran tiempos pasados, callecitas estrechas y curvas,  y personas de todos los  lugares del mundo que pelean por hacer propio este bricolage cultural.

Hong Kong debería ser declarado algo así como ciudad-patrimonio del mundo porque parece una versión compactada del planeta tierra. Es como si cada idioma, cada cultura y cada cosa que ha existido hubiera dejado allí algún rastro. Basta con abrir cualquier diario y encontrar cursos de cantonés, de árabe, de tango, propuestas de negocios, todo. Basta con salir a la calle y mirar gente de todos los rincones del mundo. Se pueden escuchar idiomas varios, comer platos de todas partes, correr atareado de un lado para el otro o caminar tranquilamente, ignorando la multitud de afuera.

Hong Kong es una ciudad cosmopolita, acelerada, moderna, antigua, religiosa, compacta, plural, multicultural. Es una ciudad casi sin espacio -se cotiza muy caro- pero con mucha gente luchando para hacerse de un espacio.  Parece, por fuera, una ciudad atea pero contiene el budismo y todas las religiones que viajan allí con los inmigrantes. Es una ciudad que recibe, pero que también expulsa. Es una ciudad difícil de comprender si se desea conocerla más allá de los límites del turismo. Pero comprender ciudades-estado inmersas en regímenes administrativos especiales puede llevar toda una vida. Por eso, mejor vivirla, aunque sea por un tiempo. Es posible.

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Otra vista del tranvía de Hong Kong
Nota:  Es una pena que no le haya sacados fotos al interior del tranvía de Hong Kong y lamento que las fotos que tengo de los tranvías no sean las mejores (siempre pasa algún auto que las tapa y el arte de la fotografía es algo que huye de mis manos), pero tengo –en este enlace– la galería de fotos del sitio oficial.

 

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